El big data ayuda a preservar el último lugar salvaje del planeta

Steve Boyes. Biólogo de National Geographic

Cuatro meses de expedición a lo largo del río Okavango, desde las tierras altas al sur de Angola hasta el desierto del Kalahari en el corazón de África dentro del territorio de Botswana, dan para mucho. Dan, por ejemplo, para enfrentarse a mosquitos portadores de enfermedades, hormigas carnívoras, abejas, escarabajos venenosos, arañas, un frío terrible y un sol abrasador.

También al tifus, el cólera, la malaria, huesos rotos, cortes, quemaduras, deshidratación y unas extrañas bacterias que devoran la carne de las heridas. Es el precio que tiene encontrarse en uno de los últimos espacios inexplorados de nuestro planeta. Un lugar que ha permanecido prácticamente igual durante miles de años y donde pueden hallarse colonias salvajes de elefantes, hipopótamos, búfalos, leones o leopardos, entre otras especies. Cuatro meses de recorrido dan también, como en el caso de Steve Boyes, para enamorarse profundamente de este lugar tan especial y de los Bayei, los habitantes del delta del río, gentes capaces de sobrevivir en unas condiciones durísimas alejadas de lo que los occidentales consideramos civilización.

Boyes es un biólogo y explorador del National Geographic que, a su manera, sigue la tradición de los grandes expedicionarios africanos del siglo XIX. Algo así como una versión moderna de un Richard Burton o un David Livingston. Al igual que a ellos le guía un deseo febril de conocer lugares nunca antes descubiertos y la profunda convicción de que es necesario respetarlos y preservarlos para que no desaparezcan. En el caso de Boyes, su trabajo ha ayudado para que el delta del río Okavango haya sido declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y sus viajes han permitido conocer mejor este extraño río que no desemboca en el mar, puesto que sus aguas desaparecen evaporadas por el calor del desierto del Kalahari, constituyendo por este motivo un ecosistema único en el mundo.

El proyecto Okavango Wilderness, liderado por Boyes, tiene el objetivo de proteger de forma eficaz la riqueza de un lugar inigualable. Para ello es importante conocer en profundidad sus cuencas hidrográficas y la diversidad de su ecosistema. Desde el 2011 se realizan expediciones anuales que recopilan datos sobre insectos, peces, aves, reptiles y mamíferos de la zona, además de realizar evaluaciones periódicas de la calidad del agua y los cambios que se producen en el paisaje. Esta fabulosa base de datos se comparte a través de la web Into the Okavango, donde también se pudo seguir en directo una expedición de 18 días y 345 kilómetros, en la que científicos y exploradores auspiciados por el National Geographic publicaron imágenes y audios, recogieron información de los movimientos de los animales y midieron variables como la temperatura del lugar, el caudal o los niveles de PH del agua. Todos los datos están puestos, además, a disposición de cualquiera que desee estudiar el Okavango y sacar conclusiones de la información aportada por los expedicionarios.

La forma en que Steve Boyes entiende la conservación de las zonas salvajes va más allá del puro interés científico. La suya es una mirada humanista, que busca mejorar el planeta en que vivimos a través del respeto al medio ambiente y el aprendizaje mutuo que se propicia gracias al contacto con otros seres humanos: “la gente que vive allí es la más hermosa que jamás me he encontrado. Viven en un entorno salvaje, sin vacunas ni cuidados médicos. Así que tienen que decidir cómo sobrevivir y la forma que tienen de hacerlo es la de ser pacíficos, trabajar en comunidad y amar a sus vecinos. Saben que si mi cosecha fracasa, no hay supermercados, entonces es mi vecino quien tiene que cuidar de mí. Por eso tenemos que ser los mejores amigos. Y eso fue lo que nos transmitieron. Cuando llegamos allí se abrieron, nunca pidieron nada, sólo tenían cosas que ofrecer porque querían que fuéramos amigos. No se trata de temor, se trata de amor”.

Fuente: one.elpais.com

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