Energía: Los ciudadanos seremos productores, gestores y “usuarios”

Las bombillas de 40 y 60 vatios ya serán ilegales en EE.UU. a fin de año
EFE

Toda la demanda se cubrirá con electricidad generada con energías limpias
El cambio se aceleró a principios de la década de los veinte cuando los efectos devastadores del cambio climático lograron derrumbar la feroz resistencia de los intereses de las grandes corporaciones.

Hoy toca revisar en cinco minutos los datos de mis “usos energéticos” y digo bien datos y no costes. Lo hago porque desde hace algunos años soy, como todos los ciudadanos, productor, gestor y “usuario” de la energía. Todavía me acuerdo de cuando hace veinte años consumía ciegamente la energía que me ofrecían las grandes corporaciones energéticas, ya fuera con el suministro eléctrico del que solo tenía noticia una vez al mes a través de una factura ininteligible, con la calefacción de una contaminante caldera comunitaria de gasoil o con el irrenunciable vasallaje del paso por la gasolinera para llenar el depósito de un coche que solo usaba el 3% de las horas del año pero que se llevaba más del 20% de mis ingresos entre cuotas, seguros, combustible, garaje o multas. Hoy el transporte público, que incluye tanto el colectivo (autobuses, metro o tren) como el individual (vehículos de todo tipo a disposición de los ciudadanos para determinados usos) satisface plenamente mis necesidades de desplazamiento en una ciudad que hemos recuperado para los peatones revitalizando la dimensión humana de los barrios. No soy propietario de nada, pero sí tengo a mi disposición una flota variada, por supuesto eléctrica, que gracias a los sofisticados programas que tienen ya una larga experiencia están siempre a mi servicio con relativa proximidad.

El programa que gestiona el funcionamiento de los electrodomésticos, gracias a la introducción de unos escasos parámetros sobre nuestras necesidades, logra mantener el consumo en unos niveles ridículos, ínfimos respecto a los que recuerdo en casa de mis padres. La revolución en eficiencia energética es el gran salto que ha dado la humanidad en estos años treinta del Siglo XXI. No solo hemos abandonado consumos absurdos y totalmente innecesarios, a los que nos incitaba el sistema entonces vigente, sino que todos los elementos que nos rodean y acompañan están concebidos prioritariamente para un uso mínimo de energía.

Por otra parte, compruebo que la instalación de generación eléctrica de mi comunidad exportó el mes pasado a la comunidad vecina 2.500 kWh, eso, lógicamente, después de abastecernos a todos los vecinos, áreas comunes y a la piscina comunitaria. A diferencia de nosotros, ellos no llevaron a cabo hace dos años la segunda reforma de la envolvente del edificio con los nuevos materiales que aíslan tanto del calor como del frío y que han reducido el consumo en climatización en un 18%, reducción que se suma a la que logramos a finales de la década de los veinte con aquel ambicioso Plan Europeo de Rehabilitación Energética de los Edificios y que supuso reducir el uso de la energía cerca de un 35% gracias a los materiales y técnicas aplicadas, pero también a la formación de la población en la forma de servirse de la energía. Un plan, el de rehabilitación, que, junto con la supresión, en un plazo muy corto de años, de los vehículos de combustión, se hicieron imprescindibles para la luchar contra las altas temperaturas que acompañaron a otros inequívocos síntomas del cambio climático, tan dramáticos como espectaculares.

Nuestro edificio es de consumo nulo de energía procedente del exterior, ¡bueno! salvo de la que nos envía el sol y la que aprovechamos del subsuelo con la geotermia, al igual que la fábrica de motos eléctricas en la que trabajo. La última generación de placas fotovoltaicas, con una eficiencia que no podíamos ni imaginar hace 15 años, que ocupan la totalidad del tejado y la fachada sur, junto a una pequeña instalación eólica (sin palas) que aprovecha vientos desde velocidades muy bajas hasta los de un temporal y los grandes avances en almacenamiento nos han permitido desconectarnos de la red, como la mayor parte de las zonas residenciales y casi toda la industria y servicios.

La red ha quedado para abastecer a determinadas industrias muy intensivas en uso de la energía, ciertas infraestructuras y como refuerzo de algunas zonas que han tardado más en lograr la autosuficiencia energética que será obligatoria en 2040.

Esa red se abastece ahora fundamentalmente en nuestro país de los parques eólicos que se instalaron en los años veinte, las grandes plantas fotovoltaicas de esa misma época y las más recientes instalaciones que han duplicado su eficiencia. También aportan su producción las hoy eficaces instalaciones que en la costa (fundamentalmente aprovechando los diques de los puertos) obtienen la electricidad de las mareas y las olas. Otras tecnologías renovables tienen un papel complementario a estas fuentes formando un mix cien por cien renovable que ha permitido que la dependencia energética sea un concepto caduco.

Toda la demanda energética se satisface en Europa ya exclusivamente con electricidad generada con fuentes de energía renovable. Lo que a principios de siglo se consideró un objetivo para 2050, objetivo recibido con gran escepticismo por buena parte de la sociedad y descalificado por el lobby energético, se aceleró a partir de principios de la década de los veinte cuando los efectos devastadores del cambio climático lograron derrumbar la feroz resistencia de los intereses de esas grandes corporaciones y los gobiernos no tuvieron más remedio que abandonar el seguidismo de sus intereses para responder a lo que se convirtió en un clamor popular. En España el cierre de las térmicas de carbón y de las nucleares fue llevado a cabo sin ningún problema pese a los apocalípticos mensajes del sector convencional y sus fans. Lo que sí nos queda hoy, y que se ha convertido en uno de los principales gastos energéticos, es el tratamiento y custodia de los residuos radiactivos. La anunciada energía de fusión, en la que se invirtieron miles y miles de millones de euros, se abandonó hace años; antes de anunciar un enésimo plazo de veinte años para hacerla realidad los gobiernos se rindieron a la evidencia de que las renovables podían satisfacer las necesidades de toda la humanidad.

China, Estados Unidos (que en un lejano 2017 amagó con abandonar la lucha contra el cambio climático) o India (ahora el país más poblado de la tierra) así como Latinoamérica siguen la senda europea y están en camino de abandonar completamente los combustibles fósiles. Solo África, que ha vivido una muy convulsa e irregular etapa de desarrollo, condicionada tanto por el calentamiento global como por la inestabilidad política, y algunos países asiáticos siguen sin abordar esa revolución energética que les alinee con el resto de escenarios mundiales.

Nosotros, los europeos, fuimos líderes en esta senda no por tener al alcance la tecnología, que estaba ahí desde hace décadas, o más medios económicos; no, la clave fue que en un determinado momento los ciudadanos se empoderaron de la energía y rompieron con las grandes corporaciones energéticas (reducidas hoy a empresas de servicios unas, desaparecidas otras) y no permitieron a los políticos ser complacientes con ellas como había venido sucediendo hasta entonces.

Fuente: eldiario.es

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