Camino al desierto: la erosión se come más de 500 millones de toneladas de suelo al año en España

«El suelo es un recurso finito y no renovable. Es el soporte donde se desarrolla toda la vida en la Tierra», describe el Instituto Geográfico Nacional. La erosión es el desplazamiento de la capa superior del suelo por la acción del agua o el viento. Lo degrada y desnuda. Y, aunque la erosión es algo natural que, en tasas moderadas, permite la renovación del relieve y creación de nuevos paisajes, «la intervención humana hace que el proceso se intensifique», especifica el plan.

Más de un tercio de la superficie española soporta erosiones calificadas como graves o muy graves por la última actualización del Inventario Nacional de Erosión de Suelos (INES). En nueve comunidades autónomas el promedio de pérdida anual de suelo está por encima de lo considerado como «tolerable» por el plan contra la desertificación: 12 toneladas por hectárea y año. (La comunidad de Castilla-La Mancha y Euskadi aún no están incorporadas al Inventario, en elaboración desde 2001).

El INES muestra que Catalunya y Andalucía están en cabeza en cuanto a pérdida media anual (casi doblan ese umbral admisible con 23,67 y 23,17 toneladas por hectárea), seguidas por Cantabria (21,23), Región de Murcia y Asturias (por encima de 17), Comunidad Valencia y Navarra (más de 16), Galicia y La Rioja. Con todo, esta degradación del suelo incide mucho de manera local en determinadas zonas concretas: las más afectadas son la vertiente mediterránea, las zonas altas de las cuencas del Guadalquivir y del Tajo, junto con la cuenca del Ebro. Ahí se dan pérdidas superiores a 50 toneladas de suelo por hectárea y año.

«La erosión de los suelos y la desertificación» –ambas van de la mano– destacan entre los daños ambientales más frecuentes y extendidos en el territorio español recogidos en el último Informe sobre el estado del Patrimonio Natural y la Biodiversidad del Ministerio de Transición Ecológica. El lunes pasado, el organismo de la ONU para la evaluación de la biodiversidad avisó de que «hasta un millón de especies» afrontan el peligro de extinción en las próximas décadas por la acción humana. La destrucción de hábitats es una las principales causas de esta desaparición súbita y masiva de biodiversidad. El documento ministerial, aprobado en diciembre de 2018, marca como «prioritario» la vigilancia de la pérdida de suelos.

Erosión y desertificación están estrechamente conectadas. La conversión en suelo desértico se produce por una combinación de factores entrelazados entre sí. La intensidad de la degradación de las tierras secas acaba dependiendo de la aridez que soportan: el balance entre el agua que hay y la que se evapora. Las sequías más frecuentes y prolongadas, que recortan los recursos hídricos, se mezclan con las altas demandas de agua de industrias como la turística y del regadío (que ejercen gran presión sobre el uso del agua). La erosión, exacerbada por la pérdida de la cubierta de vegetación o los incendios forestales repetidos en un área, hace más frágil y vulnerable el terreno ante el avance desértico. Las precipitaciones torrenciales se llevan el suelo, lo desnudan. La combinación de todos estos elementos redunda en esa desertificación.

El investigador del Instituto Pirenaico de Ecología del Csic, José María García Ruiz, explica que «la agricultura sigue siendo un foco muy importante de erosión del suelo, por su extensión y por los tipos de aprovechamiento». Con todo, este doctor en Geografía subraya que la erosión en España no es un fenómeno creciente en términos generales por el abandono de las actividades agrícolas «aunque sí lo es allí donde se da un crecimiento de cultivos de elevado valor como los frutales de regadío, viticultura, olivos y almendros». Y apunta al sureste peninsular donde la situación «puede ser muy preocupante por la escasa cubierta vegetal y las intensas lluvias súbitas cargadas de sedimento».

Calentamiento global, erosión y desierto

El cambio climático amenaza con convertir el 80% de la superficie española en suelo desértico a finales de siglo. La erosión tiene efectos directamente relacionados con este fenómeno. La multiplicación de avenidas de agua «catastróficas», la acumulación de sedimentos en los embalses o el empeoramiento de la calidad de las aguas, multiplican la degradación según detalla el análisis sobre los impactos del calentamiento global en España que maneja el Gobierno. Todas estas consecuencias, inseparables entre ellas, están «estrechamente implicadas en el proceso de desertificación», sentencia ese diagnóstico.

El investigador García Ruiz aclara que «el cambio climático afectará a muchos factores relacionados con la erosión del suelo: la producción de biomasa, la actividad microbiana del suelo, o la descomposición de hojas y ramas. Pero no es fácil deducir de qué manera y en qué plazo». Y, además, la alteración climática anuncia problemas, quizá, menos intuitivos: «En áreas de media-alta montaña, la duración del manto de nieve se está reduciendo progresivamente. Eso hace que el suelo esté durante menos tiempo protegido frente al impacto de las gotas de lluvia o de la escorrentía superficial».

España es un país con claros riesgos ambientales. Las inundaciones por precipitaciones torrenciales es el desastre natural más mortífero, según las estadísticas del Ministerio del Interior. La erosión del suelo cobra relevancia de año en año.

El aviso viene de lejos: ya en 1998, los investigadores de la Universidad de Murcia Asunción Romero Díaz y Francisco López Bermúdez dejaron escrito en un repaso sobre las implicaciones ambientales de estos procesos: «La erosión y desertificación constituyen los procesos más preocupantes de la geopatología de las regiones ibéricas y del Sureste en particular. Son síntomas de un mal funcionamiento, de una ruptura del equilibrio entre el sistema de recursos naturales y el sistema socioeconómico que los explota». El suelo erosionado disminuye su capacidad para producir «hasta límites que hacen muy difícil y lenta su recuperación», subrayan en el Ministerio de Agricultura. ¿Consecuencia? La amenaza de desplazar a miles de españoles por convertir sus tierras en desierto.

Fuente: eldiario.es




Las bolsas biodegradables no funcionan tan bien: tardan tres años en degradarse

Las bolsas biodegradables no funcionan tan bien: tardan tres años en degradarse

A pesar de su popularidad, las bolsas biodegradables no serían la panacea. De hecho, un nuevo estudio señala que, pesar de ser biodegradables, esta clase de bolsas pueden permanecer intactas durante tres años aunque hayan sido expuestas al ambiente natural, como el mar, el aire y la tierra.

Por el contrario, las bolsas compostables parecen ser más eficaces si lo que aspiramos es a proteger el medioambiente. Con todo, tanto las biodegradables, como las compostables y, por supuesto, las convencionales, no se descomponen completamente en todos los ambientes.

Mejor la bolsa compostable

En el estudio, se compararon cinco tipos diferentes de bolsas de plástico. Estos incluyen dos tipos de bolsas oxo-biodegradables, una bolsa biodegradable, una bolsa compostable y una bolsa de polietileno de alta densidad, una bolsa de plástico convencional.

En el estudio, la bolsa compostable habría desaparecido por completo después de tres meses en el medio marino, pero los investigadores dicen que se necesita más trabajo para establecer cuáles son los productos de descomposición y para considerar las posibles consecuencias ambientales.

Después de tres años, las bolsas “biodegradables” que habían sido enterradas en el suelo y en el mar pudieron aún llevar la compra sin problemas, así que no presentaban degradación destacable. La bolsa compostable estuvo presente en el suelo 27 meses después de ser desenterrada, pero cuando se probó nopudo sostener ningún peso sin rasgarse.

El estudio, publicado en la revista Environmental Science and Technology, plantea la cuestión de si se puede confiar en las formulaciones biodegradables para ofrecer una tasa de degradación suficientemente avanzada y, por lo tanto, una solución realista para la problema de la basura plástica.

A pesar de la introducción de cargos por bolsas de plástico en el Reino Unido, los supermercados siguen produciendo miles de millones cada año. Por eso resulta importante no solo comprender las diferencias entre términos como compostable, biodegradable y oxodegradable, así como también sus beneficios para el medioambiente. A juzgar por los resultados del estudio, no hay evidencia clara de que los materiales biodegradables, oxo-biodegradables y compostables ofrezcan una ventaja ambiental significativa por encima de los plásticos convencionales. Imogen Napper, una de las autoras del estudio, asegura que “el resultado más sorprendente de esta investigación fue saber que ninguna de las bolsas podría degradarse completamente en todos los ambientes”.

La ONU, en un informe publicado en 2016, declaró rotundamente que los plásticos biodegradables no son la respuesta a la contaminación marina plástica. Y la UE, el año pasado, recomendó prohibir los oxo-biodegradables: contienen aditivos diseñados para acelerar la descomposición de las moléculas de polímeros, un proceso que hace que las bolsas se desintegren en pequeños microplásticos, lo que aumenta la preocupación de la contaminación por microplásticos en los océanos de todo el mundo.

Fuente: xatakaciencia.com




España se entrega a una dieta carnívora que produce un alto impacto ambiental

España, al igual que otros países mediterráneos, ha sido internacionalmente reconocida y valorada por tener una dieta basada en productos frescos, cultivados localmentef y saludables. Sin embargo, la realidad es que en las últimas décadas el país ha ido abandonado este patrón de consumo, lo que está teniendo importantes efectos sobre la salud de los españoles y sobre el medio ambiente. Según los resultados de un estudio publicado en la revista Science of The Total Environment, la dieta española actual se está desplazando hacia una que «contiene tres veces más carne, productos lácteos y azucarados, y un tercio menos de frutas, verduras y cereales» que la dieta recomendada.

«Nos hemos ido alejando de la dieta mediterránea desde los años 70, que es la época en la que la dieta de los hogares españoles más se aproximaba a lo que hoy se recomienda», asegura a eldiario.es el principal autor de este estudio, el investigador de la Universidad Politécnica de Madrid, Alejandro Blas. Durante este tiempo, explica este investigador, «hemos pasado de unos patrones de consumo locales, saludables y sostenibles a otros que resultan menos saludables y claramente más perjudiciales para el medio ambiente».

El efecto de este cambio es que, a día de hoy, las tasas de obesidad y sobrepeso en España se sitúan por encima de la media de la UE. «España es uno de los países de la cuenca mediterránea que más se está alejando de la dieta tradicional y eso se refleja en que tenemos unos índices de obesidad y sobrepeso que son superiores a los de muchos países mediterráneos», asegura Blas, quien recuerda que «la dieta mediterránea es menos calórica, puesto que contiene menos proteínas y grasas y es más rica en fibra y micronutrientes».

Excesivo uso de agua

Además, los cambios observados en la dieta también han provocado un aumento de la huella hídrica de un 34%. Para llegar a este resultado, los investigadores calcularon los litros de agua que son necesarios para obtener un kilogramo de alimento y compararon los patrones de consumo en las últimas décadas y los de las actuales recomendaciones nutricionales, para ver la diferencia en la huella hídrica.

«Actualmente necesitamos 3.300 litros agua para producir los alimentos que se come una persona al día», asegura Blas, y «al desviarnos de la dieta mediterránea estamos consumiendo unos 750 litros más por persona al día», un resultado que también incluye el agua de origen terrestre que se utiliza para la producción de alimentos, como el agua de lluvia.

Sin embargo, si solo se tiene en cuenta el agua de riego, de la que en España se consumen unos 400 litros diarios por habitante para la producción de alimentos, el estudio concluye que el cambio a una dieta mediterránea implicaría un ahorro de 34 litros per capita al día, un ahorro que equivale a más de una cuarta parte del consumo de agua doméstico de un ciudadano español, que corresponde a unos 120 litros diarios.

Los resultados de este estudio confirman los obtenidos en investigaciones anteriores, que ya habían alertado de la necesidad de que los ciudadanos sigan patrones de consumo más saludables y sostenibles. «Sus resultados coinciden en general con nuestra evaluación anterior, en la que observamos que los ciudadanos de varias ciudades mediterráneas consumen demasiados productos animales y azúcar y que el cambio a una dieta mediterránea reduciría la huella hídrica global», asegura a eldiario.es el investigador del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, Davy Vanham.

Vanham, autor de otro reciente estudio en el que también se analizó la sostenibilidad de las dietas actuales en varias ciudades mediterráneas, asegura que el estudio de Blas es «sólido y valioso para describir la situación en España» y recuerda que la dieta mediterránea es una dieta sostenible y que va en línea con la «dieta de salud planetaria» promovida recientemente por una comisión internacional de la revista The Lancet.

Exceso de productos de origen animal

Tanto por motivos de salud, como de sostenibilidad ambiental, ambos investigadores señalan especialmente la necesidad de reducir el consumo de productos de origen animal, puesto que «la producción de estos productos alimenticios es muy intensiva en agua», explica Vanham, que en uno de sus últimos estudios concluyó que una dieta vegetariana sería la que tendría una huella hídrica menor.

Blas, por su parte, aclara que no es está pidiendo reducir el consumo de carne a cero, pero asegura que «no se puede consumir carne todos los días, primero porque no es saludable y segundo por la cantidad tan grande de recursos que es necesaria para producir este alimento».

Según los resultados de su investigación, para alcanzar las recomendaciones nutricionales de una dieta mediterránea, deberíamos reducir el consumo de productos azucarados en 86 kilogramos por persona al año, el de carnes en 25 kilogramos y el de productos lácteos en 50 kilogramos, mientras que cada español debería comer unos 100 kilogramos más de frutas y verduras al año y 50 kilogramos más de cereales.

El efecto de la globalización

Entre los posibles motivos que han dado lugar a la transformación de los patrones alimentarios de los españoles, Blas señala diversos factores, como la urbanización de la sociedad, con el progresivo abandono de la vida rural, la incorporación de la mujer al trabajo o, especialmente, la globalización.

«Uno de los grandes factores que ha provocado un cambio en la dieta es el hecho de que en un supermercado puedas encontrar casi cualquier producto de cualquier país», destaca Blas, «algo que es relativamente nuevo, dado que hace 20 ó 30 años en los supermercados prácticamente solo había productos locales o nacionales».

Según este investigador, el hecho de que consumamos alimentos producidos en otros países no solo tiene una huella de carbono, sino que «también tiene una huella hídrica». En este sentido, Blas asegura que, a pesar de ser «un país eminentemente agrícola», en España «el 40% del agua que se utiliza para producir los alimentos viene de fuera, es lo que llamamos agua virtual».

Además, Blas recuerda que uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenioes el de conseguir una producción y un consumo responsables y hace especial hincapié en la capacidad de los consumidores para tratar de mejorar la situación, ya que, «llevar una dieta responsable puede ayudar al medio ambiente tanto o más que los esfuerzos que se hacen desde el lado de la producción».

Fuente: eldiario.es




El estado de Nueva York prohibirá las bolsas de plástico

FOTO POR KENA BETANCUR, VIEWPRESS/CORBIS/GETTY IMAGES
Las bolsas de plástico de un solo uso son ubicuas en la ciudad de Nueva York y en muchos más lugares, pero ahora el estado está trabajando en una legislación que frene su uso.

Artículo creado en colaboración con la National Geographic Society.

El estado de Nueva York está a punto de prohibir las bolsas de la compra de plástico, convirtiéndose así en el segundo estado estadounidense después de California en prohibirlas.

La prohibición, que forma parte de la propuesta de ley del presupuesto estatal y que se aprobará hoy, prohibirá a los pequeños comercios ofrecer bolsas de un solo uso a sus clientes. Entrará en vigor en marzo del año que viene.

Las bolsas de la compra son uno de los artículos que más aparece en las prohibiciones de bolsas y plásticos de un solo uso, que empezaron a entrar en vigor en el año 2000 y siguen generalizándose por todo el mundo. Hasta ahora, hasta 127 países han impuesto prohibiciones o impuestos a las bolsas de plástico, según el recuento de la ONU en julio de 2018. Europa empezó a eliminar gradualmente los plásticos hace 15 años. Esta semana, el Parlamento Europeo ha tomado medidas para prohibir los 10 artículos que más se suelen encontrar en playas europeas, entre ellos las bolsas, para 2021.

“Los residentes del estado usan cada año 23.000 millones de bolsas de plástico.”

POR DEPARTAMENTO DE CONSERVACIÓN MEDIOAMBIENTAL DE NUEVA YORK

En Estados Unidos, las medidas estatales contra las bolsas han empezado a cobrar impulso. Además de California, que prohibió las bolsas de la compra en 2016, también están prohibidas en Hawái, ya que todos los condados del estado las ha prohibido. La Conferencia Nacional de Legislaturas Estatales ha recogido una lista de la legislación de las bolsas aquí. Una página web interactiva, Ban the Bag realiza un seguimiento de las prohibiciones aprobadas o pendientes de aprobación en ciudades y estados.

Las bolsas de la compra han sido el blanco porque su naturaleza ligera hace que sean transportadas fácilmente por el aire. Se las ve colgando de las ramas de los árboles y atascando las alcantarillas de las ciudades. Los animales salvajes las consumen, incluso el ganado y otros animales grandes, y las aves y otras criaturas pequeñas las desmenuzan.

En ecosistemas marinos, las tortugas marinas suelen confundir las bolsas de plástico con medusas, su alimento favorito. Los peces se las comen. También han muerto una serie de cetáceos como consecuencia del consumo de plásticos. Entre ellos figuran una ballena descubierta a principios de este mes en las Filipinas con 40 kilos de plástico en el estómago.

Un cachalote muerto ha aparecido varado en Indonesia oriental con casi seis kilos de plástico en el estómago. Entre los restos había 115 vasos, 25 bolsas de plástico, dos chanclas y más de 1.000 fragmentos de cuerda. Se desconoce la causa exacta de la muerte de la ballena, pero los observadores afirman que esta pone de manifiesto la crisis global del plástico.

También cuesta reciclar estas bolsas de la compra ligeras. Muchas plantas de reciclaje municipales no las aceptan porque pueden atascar la maquinaria. Muchos supermercados recogen bolsas de la compra usadas en contenedores. Dichas bolsas se convierten en parte de un sistema circular de refabricación: las envían a fábricas para que las conviertan en bolsas nuevas. Pero la recogida en los supermercados es desigual y hay millones de bolsas que nunca se recogen. Otros tipos de comercios minoristas carecen de sistemas de recogida.

Según el Departamento de Conservación Medioambiental del estado de Nueva York, sus residentes usan cada año unas 23.000 bolsas de plástico. Solo la ciudad de Nueva York utiliza más de 10.000 millones de bolsas de plástico al año, que representan 1.700 toneladas de basura residencial cada semana. Se estima que la ciudad paga 12,5 millones de dólares al año para transportar dichas bolsas hasta vertederos fuera del estado.

La prohibición de Nueva York concederá excepciones a las bolsas de comida para llevar, las utilizadas para envolver productos de charcutería, bolsas para la ropa y bolsas vendidas al por mayor, como las bolsas para cubos de basura.

El plan también permitirá que los condados de Nueva York impongan una tasa de cinco céntimos a las bolsas de papel.

Esta historia forma parte de ¿Planeta o plástico?, una iniciativa plurianual para crear conciencia sobre la crisis global de desechos plásticos. Aprende cómo reducir el empleo de plásticos de un solo uso y comprométete. #PlanetaOPlástico.

La National Geographic Society y Sky Ocean Ventures han puesto en marcha el Ocean Plastic Innovation Challenge, que pide a personas de todo el mundo que piensen y desarrollen soluciones novedosas para frenar la crisis de residuos plásticos del planeta. ¿Tienes una idea? Presenta tu solución antes del 11 de junio en oceanplastic-challenge.org.

Fuente: nationalgeographic.es




Los corales de la Gran Barrera australiana tienen dificultades para recuperarse

Los corales Acropora de la Gran Barrera de Coral desovan liberando material reproductivo bajo una luna llena.
El cambio climático agrava las olas de calor marinas, una realidad que incrementa las probabilidades de blanqueos masivos y pone en peligro a los corales jóvenes. 

En los días más cálidos del verano australiano, justo después de una luna llena, la Gran Barrera de Coral queda envuelta en una ventisca submarina.

La enorme franja de arrecifes de coral libera millones de huevos y esperma que flotan hasta la superficie del agua, se combinan y forman un gameto. Los gametos se convierten en larvas. Algunas flotan hasta abajo y se establecen en el lecho marino, mientras que a otros se los lleva la corriente.

Una nueva investigación publicada el miércoles en Nature determina que las aguas más cálidas dificultan que los corales se reproduzcan en masa. De hecho, tras un grave fenómeno de blanqueo en 2017 en la Gran Barrera de Coral, la cantidad de material reproductivo recogido en el agua tras un desove masivo en 2018 era un 89 por ciento inferior. Los investigadores estiman que los corales tardarán entre cinco y diez años en recuperarse.

La luz de la tarde se filtra en el arrecife Lodestone, en la Gran Barrera de Coral.
Un equipo de buzos nada entre los jardines de coral en el arrecife Keeper, en la Gran Barrera de Coral.

La investigación demuestra que, tras los blanqueos masivos, los arrecifes de coral tienen dificultades para recuperarse. El descenso de nuevos corales jóvenes también afecta a unos corales más que a otros, por lo que el cambio climático podría modificar drásticamente la composición de los arrecifes.

Recogida de datos

Los corales que desovan por difusión se reproducen liberando una masa de material reproductivo en el agua. La mayoría de las especies de la Gran Barrera de Coral se reproducen de esta manera, pero algunas, denominadas incubadoras, se reproducen liberando larvas (o plánulas) que se establecen en los alrededores.

Para evaluar qué especies de coral adulto eran la más afectadas, los investigadores llevaron a cabo estudios submarinos cubriendo con cinta los lechos de arrecifes y midiendo la topografía. Para tomar muestras del reclutamiento de larvas, colocaron paneles por toda la Gran Barrera de Coral en los días posteriores a un fenómeno de blanqueo masivo.

«Colocamos mil paneles», explica Terry Hughes, experto en arrecifes de coral de la Universidad James Cook e investigador principal. «Entre los límites norte y sur, hay una distancia de 2.900 kilómetros».

En estudios anteriores, los paneles contenían entre 50 y 100 gametos cada uno. Este año, «los números más habituales eran entre cero y uno», afirma.

Menos tiempo de recuperación

Las altas temperaturas y la contaminación hacen que los corales expulsen las algas que viven en sus tejidos. Estas algas aportan alimentos a cada pólipo coralino. Si el agua no se enfría o la contaminación no se disipa, las algas no vuelven al coral y este muere de hambre. Los patrones meteorológicos como El Niño pueden hacer que las aguas cálidas sean insoportables para los corales.

El blanqueo coralino se registró por primera vez a principios de los años 80, pero la Gran Barrera de Coral ha sufrido cuatro fenómenos de blanqueo masivos que han devastado grandes áreas del arrecife. El primero fue en 1988 y el segundo, en 2002. Entre 2002 y 2016, los corales pudieron recuperar lo que habían perdido tras el blanqueo.

«Tuvimos la suerte de contar con un periodo de 14 años entre el segundo y el tercero», afirma Hughes. «Y tuvimos la desgracia de no tener uno tras 2016».

Los fenómenos de blanqueo seguidos de 2016 y 2017 devastaron la Gran Barrera de Coral y la investigación publicada por Hughes el año pasado en la revista Science sugiere que la brecha entre calentamientos extremos se está acortando.

«Es como si enfermaras cada dos años, o en intervalos tan cortos que no te da tiempo a recuperarte entre medias», contó entonces Julia Baum, autora del estudio y bióloga marina, a National Geographic.

Un futuro complicado

Los diez años que se estima que tardan los corales en recuperarse solo se aplican si no se produce ningún otro fenómeno de blanqueo en ese tiempo. Hughes dice que es poco probable que no ocurran en un mundo en proceso de calentamiento.

«Estoy razonablemente seguro de que tendremos arrecifes [en el futuro]», afirma Hughes. «Pero ya estamos observando los cambios que ocurren con un grado de calentamiento. Con dos o más, los arrecifes correrán cada vez más peligro y estarán cada vez más irreconocibles».

Determinadas especies de corales que desovan por difusión, como los corales del género Acropora, son las más afectadas. El reclutamiento en esas especies ha descendido un 93 por ciento. Los Acropora tienen forma de mesa, son responsables de gran parte de la tridimensionalidad del arrecife y los investigadores afirman que mantienen a miles de especies.

«Siempre hemos previsto que el cambio climático modificaría la mezcla de corales», afirma Hughes. «Lo que nos ha sorprendido más es lo rápido que ocurre. No ocurrirá en el futuro. Es algo que estamos midiendo ahora».

Fuente: nationalgeographic.es




Los árboles liberan metano inflamable. ¿Qué significa para el clima?

Existen más motivos que nunca para conservar los bosques, pero el sorprendente papel de los árboles como fuente de metano añade una complicación.

Cada año, los ríos de la cuenca del Amazonas desbordan las riberas y convierten los bosques en humedales. Dichos árboles pueden emitir una gran cantidad de metano, según sugiere una nueva investigación.

Artículo creado en colaboración con la National Geographic Society.

En 1907, Francis W. Bushong, profesor de química de la Universidad de Kansas, informó de un novedoso hallazgo en la revista Chemical and Physical Papers. Había descubierto metano, el ingrediente principal del gas natural, en un árbol.

Escribió que, años antes, había talado varios álamos y «observado la formación de burbujas en la savia sobre el tronco recién talado, el tocón y las astillas». Cuando encendió una cerilla, el gas se inflamó con una llama azul. En la universidad, repitió la prueba de la llama en un álamo del campus y, esta vez, tomó muestras del gas. La concentración de metano era algo inferior al nivel medido en los yacimientos de gas natural de Kansas. Se informó del hallazgo como una novedad, pero cayó en el olvido.

El metano de los árboles ha vuelto, y a lo grande.

Una vasta red de investigadores ha descubierto metano que fluye de los árboles desde los vastos bosques inundados de la cuenca del Amazonas hasta las húmedas turberas de Borneo, desde los bosques templados de las tierras altas de Maryland y Hungría hasta las laderas boscosas de las montañas de China.

Aunque han colocado instrumental por valor de 50.000 dólares en los árboles, algunos de estos investigadores no han podido resistirse a usar un mechero o una cerilla para producir esa misma llama azul que sorprendió al profesor Bushong hace más de un siglo.

Pero ahora la investigación se ve impulsada por algo más que una mera novedad. El metano tiene el segundo puesto en importancia tras el dióxido de carbono como emisión de gas de efecto invernadero vinculado al calentamiento global. En un gasoducto de gas natural, el metano es un combustible fósil relativamente limpio. Sin embargo, ejerce un potente efecto de retención de calor sumado al efecto invernadero del planeta cuando se acumula en la atmósfera.

El gas se acumula siempre y cuando las nuevas emisiones superen el ritmo al que lo descomponen las reacciones químicas naturales del aire o en algunos suelos forestales (algo que, en general, tarda una década, frente a los siglos que tarda el dióxido de carbono). Desde 1750, la concentración atmosférica ha aumentado más de un 250 por ciento (de casi 700 partes por mil millones a más de 1.800 partes por mil millones). Las principales fuentes humanas vinculadas a este aumento son la agricultura global —especialmente el ganado y los arrozales—, los vertederos y las emisiones de las operaciones de gas y petróleo y las minas de carbón.

Las fuentes naturales siempre han producido una gran cantidad de este gas, actualmente a la par de los que emite la agricultura. La fuente principal es la actividad microbiana en los suelos húmedos y los humedales con falta de oxígeno. (Además, el calentamiento antropogénico parece estar expandiendo los humedales, especialmente a gran altitud, añadiendo aún más emisiones de metano.)

El impacto climático total del metano de los árboles no se acerca siquiera a las decenas de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono emitidas cada año de chimeneas y tubos de escape, o el metano de los grupos de vacas o los campos de gas natural, por ejemplo. Pero hay suficiente incertidumbre en las estimaciones que fijan el «cupo global de metano» como para que los árboles acaben siendo una fuente considerable.

Por ahora, según Kristofer Covey, científico del Skidmore College experto en la química y la ecología de los bosques, se trata de una frontera nueva.

«A escala global, podría ser enorme»

«Las emisiones de un solo árbol son ínfimas», afirmó Covey. «Pero hay muchos billones de árboles. A escala global, podría ser gigantesco». Covey organizó un taller internacional la pasada primavera para identificar prioridades de investigación y acaba de publicar un estudio en New Phytologist que es básicamente una llamada de auxilio de una serie de disciplinas que todavía no se han centrado en este tema. Su coautor es J. Patrick Megonigal, investigador de árboles en el Centro Smithsonian de Investigación Medioambiental en Maryland.

Cada mes, se están publicando artículos científicos a una velocidad impresionante, y cada medición de campo constituye un nuevo hallazgo publicable.

«Todavía estamos en la fase de recopilación», afirma Covey.

Los hallazgos cuestionan viejas normas. Durante años, se asumió que los bosques secos de tierras altas retiraban metano del aire mediante la acción de una clase de microbios del suelo denominados metanotrofos. Pero el trabajo de Megonigal y otros investigadores demuestra que las emisiones de los árboles podrían disminuir o quizá superar la capacidad de extracción de metano.

Engañados por un «mundo plano»

¿Cómo ha permanecido oculto este efecto, medido por Bushong en 1907 y señalado informalmente por científicos forestales durante generaciones?

Según Vincent Gauci, profesor de cambios ecológicos globales de la Open University de Gran Bretaña y autor de una serie de artículos recientes sobre el metano de los árboles, durante décadas, los científicos que estudiaban los flujos de metano entre los ecosistemas terrestres y el aire habían colocado su instrumental en el suelo sin pensar jamás que los árboles pudieran estar implicados.

Lo que se había pasado por alto es que las ramas, los troncos y las hojas de los árboles también son superficies, y el gas también puede fluir por ellos. «Buscábamos un mundo plano», afirmó Gauci.

Pero ya no. Se cree que gran parte del metano que, según se sabe ahora, sale de los árboles en condiciones húmedas, es simplemente metano microbiano liberado cuando el oxígeno fluye hacia las raíces. Pero Gauci y otros científicos están descubriendo muchos ejemplos en los que los árboles producen su propio metano, a veces a partir de los microbios del duramen u otros tejidos y, en otros casos, a partir de una reacción fotoquímica directa que, al parecer, es provocada por longitudes de onda ultravioletas de la luz solar.

Las emisiones de los árboles medidas en determinadas regiones son enormes. Por ejemplo, un equipo internacional dirigido por Sunitha Pangala, de la Universidad de Lancaster, estimó el año pasado en Nature que solo los árboles de los bosques amazónicos inundados estacionalmente eran la fuente de entre 14 y 25 millones de toneladas métricas de gas al año, una cantidad similar a las estimaciones de las emisiones de metano de la tundra ártica.

Quizá no parezca sorprendente considerar que los árboles de los bosques amazónicos son conductos de este gas, dado que los suelos húmedos, las turberas y otros entornos con escasez de oxígeno son los dominios de los microbios que generan este gas. Pero otros estudios han descubierto árboles que generan una cantidad importante de metano incluso en ecosistemas montañosos secos, en algunos casos dentro del tronco del árbol, no del suelo.

Dichos hallazgos han dado pie a más investigaciones y parece que, en cualquier lugar estudiado, más importante y confuso se vuelve el panorama.

Según Megonigal, del centro de investigación Smithsonian en Maryland, en todas las escalas, como bosques enteros, agrupaciones de árboles similares en un bosque o árboles individuales, la única constante es la variación.

Covey describió bosques donde se han medido árboles similares en suelos similares con una diferencia de emisiones de carbono 50 veces superior.

Se han medido algunos árboles que emitían carbono cerca de la base y lo absorbían en una parte más alta del tronco.

Pero esto no es lo menos importante. Un análisis más minucioso ha determinado que un solo árbol puede absorber metano cerca de la base mediante procesos microbianos y emitirlo en una parte más alta del tronco.

Y, al parecer, algunos árboles sí absorben metano, lo que añade otro giro, quizá esperanzador. El estudio todavía no se ha publicado, pero Gauci, Pangala y otro colega lo describieron el año pasado en la Unión Europea de Geociencias.

El estudio analizó los flujos de metano en árboles en suelos húmedos y secos de Centroamérica a la Amazonia, de Gran Bretaña a Suecia. Los árboles en suelos húmedos eran uniformemente emisores netos de metano, pero aquellos en condiciones más secas en algunas regiones absorbían el gas.

Lecciones para las políticas climáticas

Es probable que estos hallazgos emergentes sobre el metano y los bosques generen debates sobre los próximos pasos que seguir en las políticas climáticas relacionadas con los bosques, que durante años se han centrado en la capacidad de los árboles de absorber y almacenar dióxido de carbono, prestando poca atención a otras propiedades.

«Lo que sabemos sobre los bosques es que atrapan carbono», afirmó Covey. «Eso es lo que se aprende, lo que aparece en los dibujos de bosques de los libros de texto».

La realidad del clima es mucho más compleja. «Existe un calentamiento global, pero no un bosque global», dijo.

El Acuerdo de París de 2015 sobre el cambio climático apoya los proyectos forestales como método para reducir las emisiones de dióxido de carbono que los países no han logrado reducir en su fuente. Naciones Unidas ha puesto en marcha la campaña del Billón de Árboles. Existen una serie de vías para que los consumidores y las empresas gasten dinero en proyectos forestales mediante «compensaciones de carbono» para contrarrestar las emisiones de sus viajes o cosas similares.

En entrevistas, Covey y otros investigadores que analizan el tema del metano de los árboles insisten en que no afirman que dichas iniciativas deban detenerse, citando los numerosos beneficios de la conservación forestal, como el almacenamiento de carbono, la resistencia a las inundaciones y la protección de ecosistemas con especies abundantes.

Independientemente de la diplomacia climática, países de todo el mundo trabajan para acelerar la conservación forestal conforme a un acuerdo distinto, el Convenio sobre la Diversidad Biológica, para salvaguardar su valor como hogar de una amplia gama de especies.

Pero los hallazgos sobre el metano ponen de manifiesto la importancia de abordar todo el abanico de impactos climáticos, para bien o para mal, de los diferentes tipos de árboles y bosques en diferentes regiones. Si se entiende mejor la ecología forestal, podrían crearse proyectos para maximizar los beneficios y limitar los riesgos.

En los últimos años, otros estudios que analizan el impacto completo de los bosques en el sistema climático han evidenciado cómo centrarse solo en el CO2 puede pasar por alto las otras ventajas de enfriamiento de los bosques y —en algunas regiones y propiedades forestales— importantes efectos de calentamiento.

«En algunos bosques, todas las flechas apuntan en la misma dirección», afirmó Covey, describiendo las diversas formas en que los árboles pueden afectar al clima. «Hay otros lugares donde las flechas no coinciden tanto».

Él y otros investigadores declararon que, si logran hacerse una mejor idea, se podrían mejorar los modelos climáticos y ayudar a garantizar que los programas centrados en el valor climático de los bosques sean tan eficaces como sea posible.

En latitudes más altas, el simple cambio terreno abierto que refleja la luz a terreno oscuro con árboles de superficie irregular puede calentar el clima local absorbiendo más luz. Los bosques de los trópicos son muy valiosos para el clima local, ya que enfrían el aire a su alrededor conforme su maquinaria metabólica provoca una gran evaporación, algo que puede generar más nubes que bloqueen el sol y más precipitaciones.

Otra investigación ha demostrado cómo reacciona una complicada gama de compuestos orgánicos volátiles emitidos por los árboles para crear halos y nubes, afectando a la temperatura y las precipitaciones de diversas formas. En 2014, surgió un debate sobre algunos titulares excesivamente sintetizados que insinuaban que estos estudios, especialmente los de la química atmosférica Nadine Unger, entonces en Yale, querían decir que no debíamos salvar los bosques.

Ninguno de los entrevistados para este artículo, ni siquiera Unger, lo ve así. Unger, ahora en la Universidad de Exeter, declaró que lo que se necesita son evaluaciones integrales de los bosques y el clima que tengan en cuenta todas sus propiedades.

Lo que resulta especialmente destacable ahora es que ella y algunos de sus antiguos críticos insisten en que el mundo debería centrarse en la reducción de emisiones de dióxido de carbono en su fuente, aunque se salven los bosques por todos los beneficios que aportan.

«Nuestra mejor oportunidad de lograr los objetivos de temperatura global del Acuerdo de París es centrarnos en reducir las emisiones de CO2 procedentes del uso energético en países ricos de latitudes medias», afirmó Unger.

Su afirmación se hace eco de una crónica de diversos científicos en la edición del 1 de marzo de Science donde hablan de garantizar que «las soluciones climáticas naturales —como los proyectos centrados en bosques— no se consideren una alternativa a intentar lograr grandes reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero». Según dice, necesitan ambos.

William R. Moomaw, profesor emérito de política medioambiental internacional de la Universidad Tufts, declaró que siempre habrá incertidumbre a la hora de calibrar la combinación completa de influencias climáticas de los bosques. Pero esto no debería impedir que se pongan en marcha programas para expandirlos o aprovechar su capacidad de almacenamiento de carbono. Las pruebas con que contamos parecen indicar que los bosques son fundamentales para mantener un clima seguro, según Moomaw.

«Como los bosques eran factores importantes en el equilibrio estable de carbono y temperaturas durante los últimos 10.000 años hasta que los humanos empezaron a talarlos y quemarlos, esto sugiere que el equilibrio de todos los factores era el correcto».

Fuente_ nationalgeographic.es




«Antes todo esto era selva»: la mayor víctima de la guerra comercial entre China y Estados Unidos parece que va a ser el Amazonas

"Antes todo esto era selva": la mayor víctima de la guerra comercial entre China y Estados Unidos parece que va a ser el Amazonas

Según un breve trabajo publicado en la revista Nature esta semana, Brasil está a punto de convertirse en una máquina de producir soja en un brevísimo espacio de tiempo. Según Richard Fuchs y su equipo, la tierra dedicada a este cultivo va camino de crecer un 39% acosta del Amazonas. ¿El motivo? China tiene hambre y Estados Unidos tiene ganas de pelea.

Deforestación para todos

La continuación de la política por otros medios. La guerra comercial entre Estados Unidos y China es ya un género literario en sí mismo. Durante estos meses hemos hablado de muchas de sus ramificaciones en el mundo económico, científico y, por supuesto, tecnológico. Ahora sabemos que también en el ecológico y ambiental.

Una mariposa aletea sus alas en DC y el Amazonas se deforesta. En pleno juego de sanciones, tasas y aranceles, China busca alternativas para nutrirse de soja y ha puesto la vista en Brasil. Eso, según los cálculos de Fuchs, podría llevar a la pérdida de hasta 13 millones de hectáreas de selva tropical amazónica. Algo que encaja, como un guante, con las intenciones del Gobierno de Bolsonaro de impulsar el desarrollo de la agricultura a costa de la selva.

¿Qué ha pasado exactamente? Para realizar las estimaciones, los autores analizaron el flujo de soja (principalmente el utilizado en alimentación animal) en las bases de datos de la FAO. Así se dieron cuenta de que, como consecuencias de los aranceles de hasta el 25% que EEUU puso a muchos productos chinos, las autoridades del gigante asiático redujeron las exportaciones norteamericanas al máximo.

China sencillamente dejó de comprar soja norteamericana. Y Brasil entró en juego. Según los autores, a finales de 2018, el 75% de toda la soja importada por China ya era brasileña. Todo lo que no se compró en EEUU, se compró en Brasil. E irá a más: «Prevemos una nueva demanda de 37,6 millones de toneladas». Algo que traducido resulta en: malas noticias para el Amazonas.

Las consecuencias de la geopolítica. Efectivamente, «la mayor víctima de la guerra comercial entre Estados Unidos y China» parece que va a ser el mayor refugio para la biodiversidad del planeta y uno de los pulmones verdes en un momento en que las emisiones de CO2 siguen sin dejar de crecer. Vamos, que las mayores víctimas somos todos nosotros. Y no, no tenemos mecanismos para solucionar el problema.

Fuente: xataka.com




Expertos piden acción política para crear ciudades sostenibles

De Izquierda a derecha: Miguel Ángel Diaz, arquitecto; Ramón Piñeiro, director de Operaciones de Nuevos Negocios de Acciona Service; Paz Valiente, coordinadora de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid; Jorge Solana, asesor del Alto comisionado; Juana López, jefa del área internacional de la FEMP; y Luis Jiménez, presidente de la asociación para la sosteniblidad y progreso de las sociedades. En el debate 'Ciudad resiliente: sostenibilidad y cambio climático', este jueves en Madrid.


De Izquierda a derecha: Miguel Ángel Diaz, arquitecto; Ramón Piñeiro, director de Operaciones de Nuevos Negocios de Acciona Service; Paz Valiente, coordinadora de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid; Jorge Solana, asesor del Alto comisionado; Juana López, jefa del área internacional de la FEMP; y Luis Jiménez, presidente de la asociación para la sosteniblidad y progreso de las sociedades.

En el debate ‘Ciudad resiliente: sostenibilidad y cambio climático’, este jueves en Madrid.

El 55% de la población mundial vive en ciudades, según datos de la ONU, y para 2050 se estima que dos de cada tres personas residirán en núcleos urbanos. Por ello, uno de los mayores retos del siglo XXI es la sostenibilidad de estas áreas. Las urbes del futuro necesitarán cubrir necesidades en infraestructuras de transportes y sociales de alta complejidad acordes con los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible de la ONU. El debate Ciudad resiliente: sostenibilidad y cambio climático, organizado por Acciona y EL PAÍS este jueves en Madrid, ha reunido un panel de seis expertos para abordar cómo deben transformarse las ciudades para frenar el calentamiento global y crecer de una manera sostenible.

“Es inevitable un cambio de modelo y hace falta compromiso político para llevarlo a cabo. Lo principal es tener una idea global de a dónde quieres ir y sumar a la ciudadanía en el proyecto, para que no sienta que se va contra ella”, ha aseverado Paz Valiente, coordinadora del Área de Medio Ambiente y Movilidad en el Ayuntamiento de Madrid. Pero, “¿están los ciudadanos dispuestos a asumir transformaciones sin precedentes? Definitivamente sí, puede verse en las distintas formas de movilidad que están surgiendo en las ciudades”, ha añadido Ramón Piñeiro, director de Operaciones de Nuevos Negocios de Acciona. El papel de los ciudadanos y su concienciación con el medio ambiente ha sido uno de los puntos más debatidos en el encuentro, moderado por Lola Huete Machado, directora de Planeta Futuro (EL PAÍS).

Las recientes manifestaciones para pedir medidas ante el cambio climático han estado organizadas por estudiantes. Los ponentes han señalado este hecho como algo prometedor, un cambio de conciencia entre las nuevas generaciones. “Yo creo que es maravilloso que hayamos asistido a esta reacción de los jóvenes”, ha afirmado Valiente. Las noticias sobre la degradación ambiental han copado los últimos meses las portadas de los periódicos y eso, según el asesor del Alto Comisionado de la Agenda 2030, Jorge Solana Crespo, es gracias a activistas como Greta Thunberg, la joven sueca de 16 años que ha animado protestas contra el calentamiento global por todo el mundo. “Estos temas ahora están en la agenda pública”, ha remarcado este asesor.

Juana López Pagán, jefa del Área de Internacional y Proyectos Europeos en la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), ha resaltado que estas iniciativas, aunque de forma gradual, ya se están materializando en políticas concretas: “La sostenibilidad ambiental ya está en el ADN de una generación”. Y los Gobiernos no son ajenos a ello. En este encuentro se mencionó que el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha hecho suya la Agenda 2030, con los 17 objetivos de desarrollo sostenible que diseñó la ONU en 2015. Y que el Ayuntamiento de Madrid está completando un rediseño del centro de la capital para mejorar las condiciones medioambientales.

Sin embargo, Luis Jiménez Herrero, presidente de Asociación para la Sostenibilidad y el Progreso de las Sociedades (ASYPS), ha señalado que “la Agenda 2030 no es una novedad, objetivos de desarrollo sostenible tenemos desde hace 40 años, lo que hace falta es voluntad política para llevarlos a cabo”. Con cierto pesimismo, el arquitecto Miguel Ángel Díaz Camacho, presidente de la Asociación Sostenibilidad y Arquitectura (ASA), ha confirmado que la primera cumbre de la tierra se produjo en 1972, y la organización ecologista Greenpeace se fundó un año antes, “precisamente», dijo «para no llegar al punto donde estamos ahora», ha concluido.

Fuente: elpais.com




El pescado sostenible es malo para el medio ambiente

El pescado sostenible es malo para el medio ambiente

Hoy quería hablar de uno de esos pequeños detalles que nos dejan ver lo compleja que es la situación climática y medioambientalen la que estamos metidos. Además, después de tanta gamba, pavo o tofu navideño, hablar de atunes no es mala idea.

En los últimos años, las iniciativas de pesca sostenible se han hecho cada vez más populares. En esencia, tratan de reducir el impacto medioambiental de la industria pesquera introducción (o recuperando) técnicas nuevas. Esto es una excelente noticia para los ecosistemas marinos. Pero, según parece, lo que es bueno para el océano, puede ser malo para el planeta.

El boom de la pesca sostenible

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Brandi McKuin, una estudiante de doctorado de la Universidad de California Merced, estaba estudiando cómo las buenas prácticas en pesca sostenible estaban reconfigurando la industria pesquera cuando reparó en que las recomendaciones generales tenían un punto ciego.

Para su sorpresa esas ‘buenas prácticas’ se centraban en cosas como la captura de una cantidad racional y sostenible de pescado o la reducción de capturas inintencionadas. Pero, en cambio, la reducción de emisiones o los criterios de sostenibilidad se pasaban por alto.

El lado oscuro de la pesca sostenible

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McKuin y su director, Elliott Campbell, se preguntaron por qué e iniciaron una búsqueda de datos sobre el impacto medioambiental en sentido amplio de la de pesca sostenible. Los resultados son muy curiosos: los atuneros que utilizan técnicas más sostenibles contaminan entre tres y cuatro veces más que los que usan otras técnicas (como las redes de cerco).

«La razón – explicaba McKuin en New Scientist – es que las redes de cerco son más eficientes, pero también más agresivas contra los ecosistemas marinos». Es decir, nos encontramos en un bonito y medioambiental callejón sin salida.

Atunes contra vacas

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McKuin y Campbell también compararon el impacto medioambiental del atún con el de otras proteínas ‘terrestres’ como las bovinas, las porcinas o las aviares. Y, para sorpresa de todos, el atún pescado de forma sostenible se situó en segundo lugar solo por detrás de las reinas de la contaminación atmosférica: las vacas, que según sus estimaciones contamina hasta cinco veces más que el atún.

Aunque es posible que eso no sea la clasificación definitiva. Al ampliar los tipos de productos marinos estudiados, los datos sugieren que el caso de los mariscos podría ser incluso peor. Al fin y al cabo, es uno de los productos congelados estrella y eso hace que la huella medioambiental pueda ser bastante mayor.

Como decía al principio, este tipo de investigaciones refleja muy bien la encrucijada medioambiental contemporánea y es un buen ejemplo de lo difícil que es diseñar políticas y recomendaciones que realmente solucionen los problemas que tenemos entre manos.

Fuente: xataka.com




28.000 voluntarios para evitar imágenes como esta

28.000 voluntarios para evitar imágenes como esta

El proyecto LIBERA combate desde hace 18 meses la sigilosa plaga que supone el abandono de plásticos en montes, playas y ríos

El fútbol, como el plástico, se inventó hace 150 años. Si este deporte entretiene y emociona a medio mundo, el abandono de envases derivados del petróleo hace temblar al planeta entero. La producción de plástico ha pasado de 2,3 millones de toneladas en 1950 a 448 millones en 2015, según Roland Geyer, un profesor de la Universidad de California citado por National Geographic. El pasado lunes Ecoembes y SEO/Birdlife visibilizaron el problema con la presentación de la campaña No abandones más plásticos, que se encuadra dentro del proyecto LIBERA de recogida de basura en la naturaleza, lo que ellos llaman basuraleza. «Es una sigilosa plaga. Tenemos que poner fin a esta sociedad del desecho», afirmó Óscar Martín, consejero delegado de Ecoembes, la organización que coordina el reciclaje de envases, en una tienda de productos ecológicos de Chueca (Madrid) repleta de cajas de madera y tarros de cristal.

En los últimos 18 meses, el tiempo que el proyecto LIBERA lleva en funcionamiento, 28.000 voluntarios han retirado 108.912 objetos olvidados en la naturaleza, que suman 168,9 toneladas. «Primero tenemos que tomar conciencia. Después, la sociedad del bienestar tiene que convertirse en una economía circular», explica Martín. La categorización de los desechos recogidos ha servido para elaborar el informe Impacto del abandono del plástico en la naturaleza.

La campaña de participación ciudadana abarca tres grandes áreas: mares y costas; ríos y pantanos y bosques y montes. De los 30.000 desechos que se recogieron en las playas españolas en 2018, un 38% corresponde a plásticos. Las colillas, compuestas de acetato de celulosa ­­–un plástico vegetal sin base de petróleo–, lideran la tabla con 8.778. En una batida de dos días en 2017 se recogieron 15.000 desechos de los fondos marinos. El 36% corresponde a envases de plástico (envoltorios, botellas y embalajes). «Se acabó eso de ‘no lo cojas, que es basura’. Más bien sería ‘no lo tires, que es un recurso'», señala Asunción Ruiz, directora ejecutiva de SEO/Birdlife, en alusión a la advertencia que hacen los padres a sus hijos para que no cojan cosas del suelo.

Fuente: elpais.com