El objetivo de reducción de CO2 es imposible sin nueva tecnología y agrava la desigualdad

Foto: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

En emisiones por persona, la situación es distinta: EEUU es quien más emite con diferencia, seguido de Oriente Medio. Pone de manifiesto la relación entre nivel de desarrollo y emisiones

Combatir el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero que la actividad humana genera es una necesidad incuestionable. Sin embargo, tener éxito en esa ineludible tarea requiere que la reducción de emisiones sea compatible con el desarrollo económico y, sobre todo, con la convergencia en los niveles de bienestar de los países.

Aunque, en demasiadas ocasiones, la lucha contra el cambio climático se presenta como una oportunidad de crecimiento, la realidad, con el estado actual de la tecnología, es justo la contraria: reducir las emisiones equivale a reducir el crecimiento. Y ello, porque limitar la cantidad de CO2 que emitimos a la atmósfera aumenta los costes de la actividad productiva y, por tanto, afecta al crecimiento.

Veamos algunos datos. Desde 1900 hasta hoy, el PIB mundial se ha multiplicado por 34, acelerándose el crecimiento, sobre todo, a partir de 1950. Como muestra el gráfico, además, el crecimiento económico ha ido acompañado de un aumento, también sin precedentes, de las emisiones de gases de efecto invernadero que, en el mismo periodo, se han multiplicado casi por 20, aumentando la concentración de gases en la atmósfera.

Ese elevado nivel de concentración de gases en la atmósfera ha empezado a ocasionar cambios en el clima. Y eso es lo que ha llevado a los gobiernos, desde los años noventa, a alcanzar compromisos para reducir las emisiones globalmente. Tras algunos avances desde principios de los noventa, el Acuerdo de París, firmado en 2015 y ratificado ya por 185 países, compromete una reducción de emisiones que permita que, en este siglo, la temperatura global aumente menos de 2ºC adicionales respecto a niveles preindustriales. Y, además, plantea realizar esfuerzos adicionales para limitarlo a 1,5ºC.

Para cumplir con el objetivo de 1,5ºC, el mundo debe revertir el aumento de las emisiones del siglo XX, a más tardar, en 2050

¿Y qué significa eso en términos de emisiones? Pues significa que, para cumplir con el objetivo de 1,5ºC, el mundo debe revertir el aumento de las emisionesdel siglo XX, a más tardar, en 2050; esto es, debe haber alcanzado la neutralidad climática —dejado de emitir o compensar por otras vías lo que emita— por completo ese año. Y ello supone reducir las emisiones a la mitad en 2030. Si el objetivo, en vez de 1,5ºC es de 2ºC, hay algo más de tiempo.

Con el estado actual de la tecnología, ese objetivo es inalcanzable, a nivel global. Alcanzar la neutralidad climática en 2050 significa que, en esa fecha, se genere electricidad fundamentalmente a partir solo de fuentes renovables y nuclear, y que todas las actividades que necesitan energía usen, casi en exclusiva, la electricidad así producida: fábricas, transporte —incluido aéreo y transporte pesado— o calefacción, por citar algunas. Y ello globalmente, para la mayor parte de los países del mundo y de las personas.

Pero, además de imposible con la tecnología actual, ese objetivo tendría un impacto inasumible por gobiernos y ciudadanos en términos de freno del crecimiento y de pérdida de niveles de bienestar, dada la relación existente entre crecimiento y emisiones que resulta evidente en el gráfico.

Y, sin embargo, el gráfico también muestra que en los últimos años se han producido avances y, desde principios de los años noventa, las emisiones globales por unidad de PIB se han ido reduciendo paulatinamente. Hoy, el continente que más emite es Asia, seguido a mucha distancia de América y, luego, Europa. Por regiones, las emisiones en Europa han disminuido o se han mantenido constantes desde principios de los noventa, y Estados Unidos las ha moderado —si bien modestamente— desde mediados de los dos mil.

El punto de partida es, sin duda, la necesidad incuestionable de reducir el nivel de emisiones. Y el éxito en esa tarea exige, al menos, tres condiciones

En Asia, por su fuerte ritmo de crecimiento, han aumentado muy notablemente desde principios de los dos mil, pero, desde 2013, China, probablemente en parte por el elevado nivel de contaminación de sus ciudades, emite a un ritmo algo menor, e India ha tomado el relevo y será, previsiblemente, uno de los países en los que veremos mayor aumento de emisiones en los próximos años, a medida que su numerosa población acceda a mayores niveles de bienestar. África, si bien con un peso muy modesto a nivel global, también ha aumentado sus emisiones desde los años dos mil.

En términos de emisiones por persona, la situación es muy distinta. Es Estados Unidos quien más emite con mucha diferencia, seguido de Oriente Medio, Europa y China. Lo cual, de nuevo, pone de manifiesto la relación entre nivel de desarrollo y emisiones.

Siendo esta la situación, ¿qué es lo que debemos hacer? El punto de partida es, sin duda, la necesidad incuestionable de reducir el nivel de emisiones. Y el éxito en esa tarea exige, al menos, tres condiciones.

La primera es evidente: la tarea es algo global que debe implicar a todos los países, gobiernos y ciudadanos. Pero dicho esto, su coste debe repartirse de forma equitativa, lo que requiere, necesariamente, tener en cuenta distintos niveles de desarrollo y de emisiones per cápita a la hora de establecer objetivos. Si el coste en crecimiento y bienestar de reducir las emisiones es excesivo y no asumible por los ciudadanos, el objetivo no se conseguirá. Y este coste es, sin duda, mucho mayor para aquellos países —densamente poblados, además— con niveles de renta per cápita y bienestar reducidos.

Si la reducción de emisiones se convierte en una forma de cristalizar las diferencias de bienestar actuales, no tendremos éxito en la tarea. También ocurre lo mismo entre los países desarrollados; un ejemplo lo tenemos en Europa, donde los países con mayor renta pueden emitir per cápita más que los de menor renta y, aun así, cumplir sus objetivos de emisiones. Ello limita la convergencia dentro de Europa y, por tanto, carece de sentido que países con menor renta per cápita se planteen objetivos más ambiciosos que otros más ricos.

La empresa requiere altura de miras, generosidad, evitar la demagogia y las medias verdades y contar con las tecnologías, recursos e investigación

La segunda consiste en llevar a cabo análisis realistas, rigurosos y completos de los beneficios y costes de la reducción de emisiones, en diversos escenarios de desarrollo tecnológico, y plantear a los ciudadanos la situación de forma sincera y clara, haciéndoles conscientes de los retos que la reducción de emisiones supone, pero también de sus beneficios. Solo así será posible la verdadera transición de modelo económico que es necesaria.

Y la tercera pasa por contar con todas las tecnologías existentes, sin renunciar a ninguna antes de tiempo, ya que, globalmente, aún no es posible. Pero, eso sí, los países desarrollados, gobiernos y empresas deben hacer un esfuerzo sin precedentes en inversión e investigación para que las tecnologías disponibles emitan menos y para que, cuanto antes, se cuente con tecnologías cada vez menos contaminantes que permitan reducir las emisiones per cápita. Además, estas tecnologías deberán ponerse a disposición de los países menos avanzados para que puedan desarrollarse sin emitir en exceso.

En definitiva, una atmósfera limpia es, sin duda, una necesidad del planeta, y debemos trabajar en su consecución. Pero conseguir reducir las emisiones suficientemente requiere tener en cuenta sus implicaciones en el crecimiento y el desarrollo. No hacerlo, consolidaría las actuales diferencias de bienestar entre los países y llevaría al fracaso. La empresa requiere altura de miras, generosidad, evitar la demagogia y las medias verdades y contar con todas las tecnologías, recursos e investigación posibles.

Fuente: elconfidencial.com

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